Cada uno tiene sus propios tesoros y curiosidades que guarda con el tiempo. Por ejemplo, el separador de libros que usaste cuando un libro te hizo llorar, el anillo que en vez de significar amor eterno significa libertad, el paquete de chocolate que comiste cuando tenías trece con tu primer novio, y todas esas cosas que podrían no significar nada para los demás, pero significan todo para ti.

Creo que esto no es solo cuestión de las mujeres, de la clásica caja de recuerditos que tienes desde la secundaria con las cartas, globos, peluches y demás cosas que guardan polvo y sonrisas cada vez que la abres. Creo que también los hombres tienen tesoros, aunque de diferente manera, y no me refiero al tatuaje que ennumera el nombre de todas las chicas con quienes se ha acostado a lo largo de su existencia, o de las revistas de coches que almacena debajo del colchon junto con calcetines. Si no del cochecito que le regalaron los reyes magos cuando tenía cinco años (si es que todavia no lo ha perdido), la cicatriz de la rodilla que se hizo cuando quiso saltar con las agujetas desamarradas, y las lagunas que tiene de esa borrachera con los compañeros de la prepa.

Los tesoros de la gente varían de situación, circunstancia, tiempo y género, pero todos los tenemos. Lo que he encontrado en común es el flashazo que te genera el momento en que lo viviste, cuando se te pone la piel chinita de emoción con solo evocar el recuerdo que te causa un objeto, una foto, una sonrisa o un lugar.

"El que se rie solo de sus travesuras se acuerda" decía mi abuelita, aunque ahora podríamos decir: el que se rie solo de sus tesoros se aferra.

Los tesoros son eso: momentos. Tristes, felices y horribles.

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