Recuerdo una vez cuando era pequeña, en la escuela nos hacían participar en competencias de atletismo, y yo estaba en la sección de “pequeños” por mi estatura, cerraban las calles e invitaban a todos los padres para que pudieran vernos competir, el uniforme debía estar impecable porque corríamos contra todas las escuelas de la zona.
Cuando estaba en la línea de partida decía siempre en mi cabeza: “Esta vez lo lograré” y miraba hacia la línea de meta con los globos y las serpentinas. Bum. El “disparo” de salida. Recuerdo que era rápida al principio, que solía dejar a tras a todas las niñas que competían conmigo. Era a medio camino cuando empezaba a sentir que el aliento me faltaba, y que a cada zancada, mis piernas temblaban un poco más. Ahora podía ver a una niña al lado mío. Falta poco para la meta. Un esfuerzo más y la medalla colgaría de mi pecho. Era siempre ahí cuando el dolor llegaba. Una bocanada de aire mal hecha hacía que el “dolor de caballo” cegara mi intento por ganar algún lugar en el podio. Una. Dos. Tres. Cuatro. Las espaldas y cabellos de las niñas se colocaban delante de mí. Nunca llegue a romper el cordón con el pecho.
Cuando llegaba con el resuello perdido siempre me preguntaba “¿Por qué siempre las dejo ganar? Estoy segura que puedo hacerlo mejor, pero nunca puedo terminarlo” Solo una vez, cuando a pesar del dolor logré una medalla al cuarto lugar (que todavía conservo) fue que desistí de las competencias atléticas.
MI madre me compró un gato de peluche por mi esfuerzo.
SEXY EYES
THAU

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