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La Coctelera

Gotas de un libro

Los libros son como gotas que caen, irrepetibles.

26 Octubre 2006

Contemplar un adiós (2)

Despertó en su cama. Cuando abrió los ojos no pudo reconocer dónde estaba; el calorcito reconfortante de las cobijas le invitaba a seguir debajo de ellas, ajena a lo que había a su alrededor. Pero recordó que había estado afuera, en la lluvia, el frío, la desesperación... Recordó el último abrazo, luego la obscuridad. Lentamente sale de las cobijas y se mira en el espejo, se ve más pálida y cansada, alguien le había quitado las ropas humedas y dejado en ropa interior. Su cuerpo era esbelto, ahora se veía flaco, encorvado por la pena de la despedida. Un extraño olorcito hizo que se apartara de su contemplación, olía a café, café recién hecho y calientito, y el olor subía desde el piso bajo, desde la cocina. Así que aun estaba en su casa quien quiera que la había metido a la cama. Abrió un resquicio de la puerta y se asomó, abajo se oia el trajín de un cocinero y comenzaba a oler a pan frances. El estómago le gruñó, el hambre no se había ido, sólo se había agazapado por unos días.
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Le causaba un poco de gracia que el olor a comida la hubiera despertado, la luz que entraba del otro lado de la puerta iluminó su sonrisa torcida. Decidió no salir todavía, el olor a café le decía que era seguro salir, después de todo aquella persona la había rescatado de una neumonía segura, y aunque no recordaba nada, estaba segura que su desnudez era motivo de alerta. Pero la curiosidad era más grande, además, cómo perderse la oportunidad de enfrentarse a un héroe o a un villano, no eran cosas nuevas para ella, y todavía le resultaba divertido.
Decidió quitarse la ropa interior, todavía húmeda, y quedarse desnuda debajo de la bata color rosa de seda, regalo excepcional de las regiones orientales de aquel amor a quien le había dicho adios momentos antes.
Al abrir la puerta con un ligero rechinido, la luz penetró por completo en la habitación, iluminando su contorno grácil. Sus pies, bien plantados en el suelo, empezaban a dejar escapar un ligero temblor que rehusaba el movimiento hacia las escaleras, pero su mente logró dominarla y emprendió el camino hacia el café y el pan francés.
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Los peldaños crujían bajo sus pies, cada paso hacía que su corazón se acelerara. No era alta la escalera, pero el tratar de bajar en silencio le llevó varios minutos, el último escalón lo bajo con más precaución que el resto del trayecto. El piso de abajo estaba alfombrado de un suave color rojo, le gustaba cómo se veía ese color a lo largo de la escalera; él solía decir, cada vez que bajaba la escalera, que ella caminaba como una estrella famosa sobre la alfombra roja. Aquella broma era la razón por la que nunca habían cambiado el color de la alfombra. Dudo un momento, se detuvo aisalda de este mundo por sus pensamientos, volvió a ver sus ojos claros, llegó a sus oídos esa risa franca, tan feliz. Sintió que sus piernas temblaban de nuevo, sin pensarlo alzó su brazo y se detuvo de la pared, el cuarto comenzaba a dar vueltas y su cabeza parecía a punto de estallar.
-¿Piensas entrar o detendrás infinitamente la pared en una bata de seda?- la voz hizo que aquello se detuviera. Con pasos vacilantes avanzó hasta la puerta de la cocina y la vio. Aquella viejecita le miraba dulcemente desde media cocina, el delantal puesto, la cuchara alzada amonestándola por la tardanza. Era ella, la bruja de la aldea.
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La sorpresa la tomo desprevenida, era cierto que ella era la última presona que esperaba encontrar al pie de la escalera, pero así le daría tiempo de ordenar sus pensamientos. Trato de recuperar el aliento y la compostura lo más rápido que pudo y con una sonrisa sincera se dirijió a ella. Pienso que deberíamos tomar una taza de café con una rebanada de pan Sus miradas se cruzaron con alegría, hacía tiempo que no la veía, y le daba un verdadero gusto que ella la hubiera rescatado. Todavía le asombraban sus poderes, aún desde la última vez que pudieron tomarse de las manos. Se acercó a la mesa y descansó sobre una silla, delante de la cual la taza humeante le resultaba tan tentadora. La viejecilla dejó dos platos llenos del delicioso pan, uno en frente de ella y el otro para deleite personal. Aún con los platos servidos, y las dos sentadas en lugares opuestos, las miradas no dejaron de reflejar angustias y poderes más viejo que el tiempo.
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-Veo que no te ha ido muy bien, mi niña- la bruja habló primero, las miradas habían durado demasiado, ella comenzaba a preguntarse que hacía aquí esta viejita.
-No- cortante y sencillo, primero había que aveirguar qué hacía en la casa esa mujer.
-A lo mejor podemos solucionarlo- ella asintió suavemnte, dio una mordida al pan francés y se sintió mejor, la comida calentaba su pecho camino al estómago, un trago de café y la misma sensación hizo que se relajara aún más.- Eso, come, come, te sentirás mucho mejor, la comida es uno de los elemntos de la vida más importantes, nunca dejes que ella se aleje de tí, la necesitaras a lo largo de todos tus años de vida.
-Esto no es vida- susurró por debajo ella, las lágrimas amenzaron con volver a los ojos, un trago más de café impidió que salieran, la cabeza gacha impedía que la viejita se diera cuenta, al menos eso esperaba.
-Vamos, vamos, que no he venido sino para ayudarte- dijo y empujó otro plato con pan francés sobre la mesa- come, come.- Ella la miró ¿habría algún peligro? No, recordaba que la última vez le había ayudado, y no se sentía amenzada por ella, aún así, era extraño que estuviera allí, en su cocina.- Nada, nada, no pasa nada, no he venido sino para decirte algo importante...
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El pan francés estaba exquisito, no recordaba haber probado algo tan suculento desde hacía tiempo, tal vez era el hambre que la había atacado, o la pequeña felicidad que la bruja le había dado al rescatarla , pero estaba segura que aquella comida iba a ser recordada con cariño.
Al terminar los panes, tomó un poco más de café y posó su mirada en la bruja, invitándola a la conversación pospuesta por el pequeño banquete.
-Siento que tu corazón esta roto, ¿verdad?
El recuerdo la asaltó tan de repente que dejó la tasa de café a un lado y se contempló las manos, buscando una respuesta que no fuera, si, y me encuentro en una soledad terrible, pero no la encontró. La bruja siguió.
-Sabes que estos no son tiempos buenos, que éstos se fueron al partir el tren al que despediste con un trozo de tu alma.
-De eso estoy segura, por eso partió, para alejar la oscuridad, ¿no es así?
A veces lo que pensamos no es lo que sucede niña mia. Déjame mostrarte
Con un movimiento de su mano, el cual ella recordaba tan vívidamente, pues tantas veces lo vio realizar para descubrir verdades ocultas por el más profundo de los silencios, envolvió su mente con firmeza para mostrarle las cosas como ella las contemplaba.
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Las imágenes dentro de su cabeza se sucedían con velocidad, iba volando sobre el tren, aquel tren que había despedido, el vuelo era rápido, el tren iba rápido; luego llegan a una enorme ciudad en la que miles de gentes vagan de un lado a otro, como pequeñas hormigas, entonces todo comienza a derruirse, los altos edificios caen sobre las gentes y las aplastan, las gentes corren de un lado a otro atropellándose entre si, surgen llamas de fuego de las calles, coches volcados, cables caídos... la ciudad se destruye. La imagen gira a su alreddedor hasta que pierde los contornos de las cosas, luego empieza a ver una mancha verde, el mundo deja de girar y ve ruinas, trozos de edificios, calles, coches, casas, ya no hay seres humanos, todas las ruinas están cubiertas de vegetación, las aves trinan y el sol alumbra de nuevo... todo es pacífico.
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Contempló la escena con la luz del nuevo sol en el rostro, podía escuchar la enormidad del silencio a su alrededor como si el tiempo no hubiera pasado, ni siquiera un segundo desde que los hombres pisaron aquel suelo en donde ahora ni los escombros podían verse. El resplandor verde se apoderaba de nuevo de sus pensamientos, sabía lo que significaba, tantas veces lo había sentido pasar, era la señal de regreso al lugar donde la esperaba la taza de café a medio terminar. Su cabeza le dio vueltas un segundo, acostumbrarse a la realidad era duro, sobre todo al sentir el contacto de la mano de la bruja en la suya. Sus miradas se cruzaron, las lágrimas asomaron como era de esperarse.
La confusión en su rostro era evidente, qué era entonces por lo que había luchado tantas veces a su lado, consolando a las almas de verdadera pureza y destruyendo a tiranos y desalmados, ahora se preguntaba si era voluntad, desafío al destino o una mera jugarreta para que, lo que acababa de ver, se cumpliera al pie de la letra.
-¿Es eso a lo que va?- la voz de la chica salió de un nudo en la garganta tan fuerte que sólo dejó salir un hilo de voz.
-si la bruja bajó los ojos por ello es que tu no fuiste elegida, por lo que sientes en este instante los ojos de ambas se cruzaron en un duelo interno, sin furia, solo desentendimiento, lo que fuera que pasaría, ella lo sabía desde un principio y por un oscuro secreto, le impidió saber la verdad.
-Hubiera tratado de entender- la voz se llenó de reproche
-¿Hubieras ayudado?
La sorpresa en su rostro la confundió, no sabía la respuesta a esa pregunta, pero sabía lo que había en su corazón.
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