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La Coctelera

Gotas de un libro

Los libros son como gotas que caen, irrepetibles.

Categoría: Wikinovelas

29 Diciembre 2006

Contemplar un Adiós (3)

Los días se sucedieron con calma. Desde aquel día en que la bruja le había mostrado aquellas imágenes, su corazón no podía tranquilizarse. A veces pensaba que hubiera sido mejor no saber por qué lo había perdido, a veces se reprochaba esta cobardía y decidía enfrentarse a la situación, lo alcanzaría, lo acompañaría en todo lo que fuera necesario, estaría allí, con él, como una compañera, no podría ser su guía, pero al menos no sería su carga. Lo pensaba y los días se sucedían lentamente.
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Lo más dificil es tomar una decisión, pero se siente correcto cuando la tomas con el corazón. Esto es lo que venía repitiéndose en la mente desde que tuvo aquellas visiones con la bruja. No estaba tranquila con solo saber que era lo que pasaría, tenía que tener una respuesta, quién, por qué, cómo, por qué él y no ella, quién había sido el artífice de todo aquello.
Sabía que la mente se le vaciaba con tantos pensamientos, y que no podía quedarse ahí, esperando a que las cosas pasaran, nunca había sido así, y este no era el momento de empezar.
Ahora la difícil decisión. Qué llevaría, una maleta, solo un bolso, tardaría demasiado en encontrarlo, llevaría zapatos, tenis... Estos pensamientos sin sentido y llenos de superficialidad le apartaban de la mente la decisión que ya había tomado.
Así que preparó todo para el viaje, y se decidió sin remordimientos.
Al prepararse para partir, la bruja estaba de pie en la escalera, como si aquel fuera ya un lugar común para las discusiones del corazón.
sabía que te irías
Se que lo que dijiste era para avlarar mi corazón y salvarme de las tinieblas que lo rondaban, ahoira estoy bien, muchas gracias por tus cuidados. las dos se encontraron en un abrazo cálido que pareció durar siglos para sus corazones.
ahora tengo que partir
Agarró su bolsa, que era lo que a último momento decidió llevar, y se encaminó hacia la estación donde hacía unos días atrás había contemplado un adiós.
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El próximo tren saldría en dos horas, el tiempo pasaría largamente ahora que sabía que iría hacia él. Su corazón palpitaba con desesperación, pero su cerebro mandaba miles de ideas al unísono. ¿Dónde le encontraría? ¿Cómo lo buscaría? Había sido tajante la decisión de separarse, tan así que se había marchado sin dejar una sola dirección para volver a verse. Pensar en eso le hacía daño en el estómago, las nauseas y el vértigo acometían con fuerza, entonces, apretaba el bolso contra el pecho y miraba a lo lejos. Sabía que no se arrepentiría, estar ahi, en la estación, era una decisión ya tomada, no le apremiaba ninguna duda para quedarse en el pueblo, ni siquiera el miedo de ir a aquella ciudad y enfrentar un mundo nuevo y desconocido, al final de todo aquello estaría él, y eso era todo lo que necesitaba para sonreir de nuevo.
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El destino estaba fijo, era la única manera de aclarar sus sentimientos, además era reconfortante al menos saber eso, ya que no sabía qué iba a hacer cuando lo viera de nuevo a los ojos, o si siquiera podría encontrarlo, así que decidió que utilizaría todos sus dotes detectivescos para dar con él. De algo estaba segura, lo encontraría, siempre lo había hecho, aún en las situaciones más desesperadas, así que decidió distraer ese pensamiento de su cabeza, y concentrarse en el tren que llegaría, no sin un largo rato de espera.
Estaba acostumbrada a pasar largos periodos de tiempo de pie, así que empezó a sorprenderle la curiosidad que el anden había despertado en ella, como si no lo hubiera notado antes al estar aqui hace unos días atrás.
Empezó a fijarse en todos los detalles del lugar, las entradas, las salidas, y todos los pasajeros que se suponía llegarían a algún lado por este medio. De pronto la asaltó el recuerdo de la gente desapareciendo ante una luz enceguecedora. El mareo vino de nuevo en su cabeza, y esta vez estuvo a punto de caer, ya que no había esta vez una pared que la detuviera, o una mano amiga que le ofreciera consuelo.
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Se alejó del andén que amenazaba con tragársela, y se refugió en la pared más cercana que encontró, no estaba segura de cuales eran sus sentimientos, la confusión la había embriagado desde el mismo momento que había contemplado esas imágenes tan horrorosas, la gente gritando, desapareciendo. Lo que más le confundía era la extraña calma que le había dado el contemplar la completa quietud de la tierra sin gente que pudiera cruzar el silencio eterno con la voz... Esos sentimientos eran los que tenía agolpados en la mente y ellos eran los que le hacían dudar de las primeras palabras que le dirigiría a esos ojos que no tuvieron la suficiente compasión para confiarle su misión.
El mareo se hacía cada vez mayor, y tenía que sentarse un momento, sino, tenía en riesgo de caer en el medio del anden y dirigir las miradas hacia ella, y no podría soportar una palabra que le ofreciera consuelo, no todavía, no cuando no había tocado la mano de quien amaba.
La respiración se hacía más agitada, pero lograba controlarla con pericia hasta que vió el tren acercarse para llevarla al destino donde encontraría a su verdugo o salvador. Atreverse a subir a ese tren era lo más difícil que podía hacer en ese momento.
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26 Octubre 2006

Contemplar un adiós (2)

Despertó en su cama. Cuando abrió los ojos no pudo reconocer dónde estaba; el calorcito reconfortante de las cobijas le invitaba a seguir debajo de ellas, ajena a lo que había a su alrededor. Pero recordó que había estado afuera, en la lluvia, el frío, la desesperación... Recordó el último abrazo, luego la obscuridad. Lentamente sale de las cobijas y se mira en el espejo, se ve más pálida y cansada, alguien le había quitado las ropas humedas y dejado en ropa interior. Su cuerpo era esbelto, ahora se veía flaco, encorvado por la pena de la despedida. Un extraño olorcito hizo que se apartara de su contemplación, olía a café, café recién hecho y calientito, y el olor subía desde el piso bajo, desde la cocina. Así que aun estaba en su casa quien quiera que la había metido a la cama. Abrió un resquicio de la puerta y se asomó, abajo se oia el trajín de un cocinero y comenzaba a oler a pan frances. El estómago le gruñó, el hambre no se había ido, sólo se había agazapado por unos días.
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Le causaba un poco de gracia que el olor a comida la hubiera despertado, la luz que entraba del otro lado de la puerta iluminó su sonrisa torcida. Decidió no salir todavía, el olor a café le decía que era seguro salir, después de todo aquella persona la había rescatado de una neumonía segura, y aunque no recordaba nada, estaba segura que su desnudez era motivo de alerta. Pero la curiosidad era más grande, además, cómo perderse la oportunidad de enfrentarse a un héroe o a un villano, no eran cosas nuevas para ella, y todavía le resultaba divertido.
Decidió quitarse la ropa interior, todavía húmeda, y quedarse desnuda debajo de la bata color rosa de seda, regalo excepcional de las regiones orientales de aquel amor a quien le había dicho adios momentos antes.
Al abrir la puerta con un ligero rechinido, la luz penetró por completo en la habitación, iluminando su contorno grácil. Sus pies, bien plantados en el suelo, empezaban a dejar escapar un ligero temblor que rehusaba el movimiento hacia las escaleras, pero su mente logró dominarla y emprendió el camino hacia el café y el pan francés.
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Los peldaños crujían bajo sus pies, cada paso hacía que su corazón se acelerara. No era alta la escalera, pero el tratar de bajar en silencio le llevó varios minutos, el último escalón lo bajo con más precaución que el resto del trayecto. El piso de abajo estaba alfombrado de un suave color rojo, le gustaba cómo se veía ese color a lo largo de la escalera; él solía decir, cada vez que bajaba la escalera, que ella caminaba como una estrella famosa sobre la alfombra roja. Aquella broma era la razón por la que nunca habían cambiado el color de la alfombra. Dudo un momento, se detuvo aisalda de este mundo por sus pensamientos, volvió a ver sus ojos claros, llegó a sus oídos esa risa franca, tan feliz. Sintió que sus piernas temblaban de nuevo, sin pensarlo alzó su brazo y se detuvo de la pared, el cuarto comenzaba a dar vueltas y su cabeza parecía a punto de estallar.
-¿Piensas entrar o detendrás infinitamente la pared en una bata de seda?- la voz hizo que aquello se detuviera. Con pasos vacilantes avanzó hasta la puerta de la cocina y la vio. Aquella viejecita le miraba dulcemente desde media cocina, el delantal puesto, la cuchara alzada amonestándola por la tardanza. Era ella, la bruja de la aldea.
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La sorpresa la tomo desprevenida, era cierto que ella era la última presona que esperaba encontrar al pie de la escalera, pero así le daría tiempo de ordenar sus pensamientos. Trato de recuperar el aliento y la compostura lo más rápido que pudo y con una sonrisa sincera se dirijió a ella. Pienso que deberíamos tomar una taza de café con una rebanada de pan Sus miradas se cruzaron con alegría, hacía tiempo que no la veía, y le daba un verdadero gusto que ella la hubiera rescatado. Todavía le asombraban sus poderes, aún desde la última vez que pudieron tomarse de las manos. Se acercó a la mesa y descansó sobre una silla, delante de la cual la taza humeante le resultaba tan tentadora. La viejecilla dejó dos platos llenos del delicioso pan, uno en frente de ella y el otro para deleite personal. Aún con los platos servidos, y las dos sentadas en lugares opuestos, las miradas no dejaron de reflejar angustias y poderes más viejo que el tiempo.
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-Veo que no te ha ido muy bien, mi niña- la bruja habló primero, las miradas habían durado demasiado, ella comenzaba a preguntarse que hacía aquí esta viejita.
-No- cortante y sencillo, primero había que aveirguar qué hacía en la casa esa mujer.
-A lo mejor podemos solucionarlo- ella asintió suavemnte, dio una mordida al pan francés y se sintió mejor, la comida calentaba su pecho camino al estómago, un trago de café y la misma sensación hizo que se relajara aún más.- Eso, come, come, te sentirás mucho mejor, la comida es uno de los elemntos de la vida más importantes, nunca dejes que ella se aleje de tí, la necesitaras a lo largo de todos tus años de vida.
-Esto no es vida- susurró por debajo ella, las lágrimas amenzaron con volver a los ojos, un trago más de café impidió que salieran, la cabeza gacha impedía que la viejita se diera cuenta, al menos eso esperaba.
-Vamos, vamos, que no he venido sino para ayudarte- dijo y empujó otro plato con pan francés sobre la mesa- come, come.- Ella la miró ¿habría algún peligro? No, recordaba que la última vez le había ayudado, y no se sentía amenzada por ella, aún así, era extraño que estuviera allí, en su cocina.- Nada, nada, no pasa nada, no he venido sino para decirte algo importante...
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El pan francés estaba exquisito, no recordaba haber probado algo tan suculento desde hacía tiempo, tal vez era el hambre que la había atacado, o la pequeña felicidad que la bruja le había dado al rescatarla , pero estaba segura que aquella comida iba a ser recordada con cariño.
Al terminar los panes, tomó un poco más de café y posó su mirada en la bruja, invitándola a la conversación pospuesta por el pequeño banquete.
-Siento que tu corazón esta roto, ¿verdad?
El recuerdo la asaltó tan de repente que dejó la tasa de café a un lado y se contempló las manos, buscando una respuesta que no fuera, si, y me encuentro en una soledad terrible, pero no la encontró. La bruja siguió.
-Sabes que estos no son tiempos buenos, que éstos se fueron al partir el tren al que despediste con un trozo de tu alma.
-De eso estoy segura, por eso partió, para alejar la oscuridad, ¿no es así?
A veces lo que pensamos no es lo que sucede niña mia. Déjame mostrarte
Con un movimiento de su mano, el cual ella recordaba tan vívidamente, pues tantas veces lo vio realizar para descubrir verdades ocultas por el más profundo de los silencios, envolvió su mente con firmeza para mostrarle las cosas como ella las contemplaba.
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Las imágenes dentro de su cabeza se sucedían con velocidad, iba volando sobre el tren, aquel tren que había despedido, el vuelo era rápido, el tren iba rápido; luego llegan a una enorme ciudad en la que miles de gentes vagan de un lado a otro, como pequeñas hormigas, entonces todo comienza a derruirse, los altos edificios caen sobre las gentes y las aplastan, las gentes corren de un lado a otro atropellándose entre si, surgen llamas de fuego de las calles, coches volcados, cables caídos... la ciudad se destruye. La imagen gira a su alreddedor hasta que pierde los contornos de las cosas, luego empieza a ver una mancha verde, el mundo deja de girar y ve ruinas, trozos de edificios, calles, coches, casas, ya no hay seres humanos, todas las ruinas están cubiertas de vegetación, las aves trinan y el sol alumbra de nuevo... todo es pacífico.
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Contempló la escena con la luz del nuevo sol en el rostro, podía escuchar la enormidad del silencio a su alrededor como si el tiempo no hubiera pasado, ni siquiera un segundo desde que los hombres pisaron aquel suelo en donde ahora ni los escombros podían verse. El resplandor verde se apoderaba de nuevo de sus pensamientos, sabía lo que significaba, tantas veces lo había sentido pasar, era la señal de regreso al lugar donde la esperaba la taza de café a medio terminar. Su cabeza le dio vueltas un segundo, acostumbrarse a la realidad era duro, sobre todo al sentir el contacto de la mano de la bruja en la suya. Sus miradas se cruzaron, las lágrimas asomaron como era de esperarse.
La confusión en su rostro era evidente, qué era entonces por lo que había luchado tantas veces a su lado, consolando a las almas de verdadera pureza y destruyendo a tiranos y desalmados, ahora se preguntaba si era voluntad, desafío al destino o una mera jugarreta para que, lo que acababa de ver, se cumpliera al pie de la letra.
-¿Es eso a lo que va?- la voz de la chica salió de un nudo en la garganta tan fuerte que sólo dejó salir un hilo de voz.
-si la bruja bajó los ojos por ello es que tu no fuiste elegida, por lo que sientes en este instante los ojos de ambas se cruzaron en un duelo interno, sin furia, solo desentendimiento, lo que fuera que pasaría, ella lo sabía desde un principio y por un oscuro secreto, le impidió saber la verdad.
-Hubiera tratado de entender- la voz se llenó de reproche
-¿Hubieras ayudado?
La sorpresa en su rostro la confundió, no sabía la respuesta a esa pregunta, pero sabía lo que había en su corazón.
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4 Octubre 2006

Contemplar un adiós

La última vez que le vi fue en la estación de trenes, vi cómo se alejaba lentamente; su cabeza, a través de la ventanilla, sobresalía del tren y miraba hacia la estación. Ninguna mano se agitaba.
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Nuestras miradas, vacías de esperanza, se encontraron, la lenta marcha del tren hizo aún más agonizante la partida. Dentro de mi alma añoré que el destino nos uniera de nuevo, aunque fuera en circunstancias más difíciles, lo que fuera para ver de nuevo esos ojos que se alejaban de mí cada vez más.
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No puedo recordar cómo entró en mi vida, ese momento fugaz de mi tiempo se ha borrado de mi memoria. Pero ahora, viéndolo partir, me doy cuenta de cuánto me duele no tenerlo más, de cuánto es parte de mi vida en este presente que llora. Se va, quisiera estar loca y gritar con todas mis fuerzas sin que me importe lo que los demás piensen; pero no puedo: el pudor, la verguenza de ser vista con extrañeza me obliga a callar y, sin embargo, ese pudor, esa censura, no me ayudarán a hacer que el corazón deje de llorar.
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Sostengo la mirada en sus ojos hasta que ya no es posible reconocerlos, quiero recordar todos los detalles que pueda, la sombra en esos ojos verdes, lo revuelto de su cabello por el aire, su mano recargada en la ventana, luchando con fuerzas para no hacer una seña que haga patente la despedida. Hasta ese momento en que todo se hace borroso por las lágrimas, mis ojos resbalan hasta mis zapatos, mojándolos con desesperación. Una última mirada. Una voz... -la luz me llevará a ti!!. ¿La locura llegó al fin?, ¿o es un susurro alentador?. Ahora que se fue, los minutos en la estación parecen absurdos, y mi mirada ya no encuentra a qué aferrarse, regresaré a mi escondrijo a llorar libremente.
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El camino es largo, solo, tedioso. Cada paso me va alejando de la esperanza de verlo de nuevo, quizá saltó del tren en el último momento, quizá el tren se averió y el destino, ese maldito destino que nos separó, me lo regresa sano y salvo, con su eterna sonrisa... esa sonrisa que se apagó en cuanto supimos que teníamos que separarnos. Aquella voz en la estación vuelve a mi memoria, una esperanza vana que anima mi corazón roto. ¿Será cierto que sentimos con el corazón? ¿Qué la mente no puede mandar en el corazón? ¿No hay posbilidad de que, si lo repito una y otra vez, mi corazón vuelva a palpitar con calma, con gozo, con vida? Todo alrededor es tan triste, todo, el verde palidece, el negro es tan gris que deprime, las flores se ven tristes, marchitas; lo único que me tienta es la obscuridad, la frialdad de nuestro hogar, un refugio para encogerme y gritar esta desesperación con toda mi fuerza, con todo mi dolor.
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Al regreso, las calles se me hacían ajenas ahora, su risa ya no estaba a cada instante, en cada cosa, su mirada ya no hacía las horas más ricas. Cada detalle me lo recuerda, como siempre sucede en los momentos de tristeza. La viejecilla de la ventana no me sonrió igual cuando la saludé, sola esta vez. La fuente ya no recibiría una moneda prestando un deseo de amor ahora que ya no estoy con él, y el rincón donde siempre tropiezo para subir el escalón que me lleva a casa, ya no verá cómo me recoge en sus brazos con una sonrisa y un leve rubor en sus mejillas. Dentro de nuestro dulce refugio el breve jardín que ciudamos juntos palidece ahora con la soledad eterna que se alberga en mi corazón. Mis pensamientos son rotos por el sonido del teléfono, y mi corazón salta, ya no sé si de alegria o angustia.
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Como siempre que tengo prisa las llaves se revelan, me paso las manos por las bolsas de los pantalones, segura de haberlas hechado en alguna, comienzo a gruñir por lo bajo, cada timbrazo deseando que haya uno más. Cuando encuentro las llaves y logro introducirlas en el cerrojo, este se me resiste, maldita sea pienso, aporreo la puerta, harta de sentir esta desesperación... todo a mi alrededor es desesperación. El teléfono ha dejado de sonar, ya no importa. Resbalo la espalda por la puerta lentamente, hasta quedar sentada en el peldaño, el mismo peldaño que me hacía caer en sus brazos... Miro al cielo, algunas gotas comienza a caer, me pregunto si será cierto quello de que llueve cunado un ser de este planeta está poseida de imensa infelicidad o está maldito, me pregunto cuál de las dos estoy yo: simplemente infeliz, simplemente maldita.
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Dejo que la lluvia caiga por todo mi cuerpo, empapandolo lentamente, de esa manera,las lágrimas que no brotaron en la estación de trenes, podrán confundirse con las gotas que me declaran infeliz o maldita, o ambas, ya eso no importa ahora. Los sollozos me queman la garganta, y mi pecho se carga de una pesadez infinita, me pregunto si esta es la sensación del amor perdido o de la pérdida de la razón. El tiempo se alenta, y con él se evocan los recuerdos de una cama revuelta, de unos pies juguetones, y de la sonrisa de las mañanas. Ahora es que se que cuando sientes que todo se pierde dentro de tí, y te das cuenta que alguien tiene el poder de hacer perder tu corazón en un instante, hay dos opciones: negarte a ser arrastrado a ese sentimiento de nuevo, o entregarte sin reservas una y otra vez. Con este pensamiento, pierdo mis fuerzas en aquel escalón de recuerdos, y cierro los ojos para dejar que el sentimiento se apodere de mi. la lluvia sigue callendo, enfriando mi cuerpo cada vez más. Así es mejor el calor de un brazo a mi alrededor hace que recupere un instante el aliento, pero después, la negrura avanza de nuevo.

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